Desde que despenalizó todas las drogas en 2001, Portugal ha visto dramáticos descensos en las sobredosis, la infección de VIH y los delitos relacionados con las drogas.

Cuando llegaron las drogas, golpearon todas a la vez. Eran los años 80s, y para cuando una de cada 10 personas había caído en las profundidades del uso de la heroína —banqueros, estudiantes universitarios, carpinteros, socialités, mineros— Portugal estaba en estado de pánico.

Álvaro Pereira trabajaba como médico familiar en Olhão, en el sur de Portugal. “La gente se estaba inyectando en la calle, en plazas públicas, en jardines”, me dijo. “En ese momento, no pasó un día sin que hubiese un robo en un negocio local o un asalto”.

La crisis comenzó en el sur. Los años 80 fueron una época próspera en Olhão, un pueblo de pescadores, 50 kms. al oeste de la frontera española. Las aguas costeras llenaban las redes de pescadores desde el Golfo de Cádiz hasta Marruecos, el turismo estaba creciendo y la moneda fluía por toda la región sur de l región de Algarve. Pero hacia el final de la década, la heroína comenzó a lavarse en las costas de Olhão. De la noche a la mañana, el querido pueblo del doctor Pereira en la costa del Algarve, se convirtió en una de las capitales de las drogas en Europa: uno de cada 100 portugueses estaba luchando contra una problemática adicción a la heroína en ese momento, pero el número era aún mayor en el sur. Los titulares en la prensa local dieron la voz de alarma sobre las muertes por sobredosis y el aumento del crimen. La tasa de infección por VIH en Portugal se convirtió en la más alta de la Unión Europea. Pereira recuerda a pacientes desesperados y familias que golpeaban su puerta, aterrorizados, desconcertados, pidiendo ayuda. “Me involucré”, dijo, “solo porque era ignorante”.

La verdad, había mucha ignorancia en ese entonces. Cuarenta años de un gobierno autoritario bajo el régimen establecido por António Salazar en 1933 suprimieron la educación, debilitaron las instituciones y redujeron la edad para dejar la escuela, en una estrategia destinada a mantener a la población dócil. El país estaba cerrado al mundo exterior; la gente se perdió la experimentación y la cultura de expansión mental de los años sesenta. Cuando el régimen terminó abruptamente con un golpe militar en 1974, Portugal se abrió repentinamente a nuevos mercados e influencias. Bajo el antiguo régimen, Coca-Cola fue prohibida y poseer un encendedor de cigarrillos requería una licencia. Cuando la marihuana y luego la heroína comenzaron a inundar Portugal, el país estaba completamente desprevenido.

Pereira abordó la creciente ola de adicción de la única manera que sabía: un paciente a la vez. Una estudiante de 20 años que todavía vivía con sus padres podría tener a su familia involucrada en su recuperación; un hombre de mediana edad, separado de su esposa y que vivía en la calle, enfrentaba diferentes riesgos y necesitaba un tipo diferente de apoyo. Pereira improvisó y pidió ayuda a las instituciones y personas de la comunidad.

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En 2001, casi dos décadas después de la especialización accidental de Pereira en temas de adicción, Portugal se convirtió en el primer país en despenalizar la posesión y el consumo de todas las sustancias ilícitas. En lugar de ser arrestados, los que fueran sorprendidos con un suministro personal recibirán una advertencia, una pequeña multa o se les pedirá que comparezcan ante una comisión local —un médico, un abogado y un trabajador social— que le informaría sobre temas como el tratamiento para la adicción, la reducción de daños y los servicios de apoyo que estaban disponibles para ellos.

La crisis de opiáceos pronto se estabilizó, y los años siguientes vieron dramáticos descensos en el uso problemático de drogas, las tasas de infección por VIH y hepatitis, muertes por sobredosis, delitos relacionados con las drogas y tasas de encarcelamiento. La infección por VIH cayó desde un máximo histórico en 2000 de 104.2 nuevos casos por millón a 4.2 casos por millón en 2015. Los datos detrás de estos cambios han sido estudiados y citados como evidencia por los movimientos de reducción de daños en todo el mundo. Sin embargo, es engañoso acreditar estos resultados positivos por completo a un cambio en la ley.

La notable recuperación de Portugal, y el hecho de que se haya mantenido firme a través de varios cambios en el gobierno —incluidos los líderes conservadores que hubieran preferido volver a la “guerra contra las drogas” estilo estadounidense— no podrían haber sucedido sin un enorme cambio cultural y un cambio en cómo el país veía las drogas, la adicción y a sí mismo. En muchos sentidos, la ley fue simplemente un reflejo de las transformaciones que ya estaban ocurriendo en las clínicas, en las farmacias y alrededor de las mesas de los comedores de todo el país. La política oficial de despenalización hizo que fuera mucho más fácil para una amplia gama de servicios (salud, psiquiatría, empleo, vivienda, etc.), que habían estado luchando para aunar sus recursos y experiencia, trabajar juntos de manera más efectiva para servir a sus comunidades.

El lenguaje también comenzó a cambiar. Aquellos que habían sido referidos con desdén como drogadictos, se conocieron de manera más amplia, más comprensiva y más precisa, como “personas que usan drogas” o “personas con trastornos de adicción”. Esto también fue crucial.

Es importante señalar que Portugal estabilizó su crisis de opiáceos, pero no la hizo desaparecer. Si bien las tasas de muerte, encarcelamiento e infección relacionadas con las drogas se desplomaron, el país aún tuvo que lidiar con las complicaciones de salud del consumo problemático de drogas a largo plazo. Enfermedades como la hepatitis C, la cirrosis y el cáncer de hígado son una carga para un sistema de salud que aún lucha por recuperarse de la recesión y los recortes. De esta manera, la historia de Portugal sirve como una advertencia de los desafíos que están por venir.

A pesar de las entusiastas reacciones internacionales frente al éxito de la política de drogas Portugal, los defensores locales de la reducción de daños se han sentido frustrados por lo que ven como estancamiento e inacción desde que entró en vigencia la despenalización. Critican al Estado por retrasar el establecimiento de sitios de inyección supervisados ​​y de instalaciones de consumo de drogas; por no lograr que la naloxona, medicamento contra la sobredosis, esté más disponible; y por no implementar programas de intercambio de agujas en las prisiones. ¿Dónde, preguntan, está el espíritu valiente y el liderazgo audaz que empujaron al país a despenalizar las drogas en primer lugar?

Gráfico que muestra la sostenida baja en el consumo de substancias entre la población adulta de Portugal, luego de la despenalización de todas las drogas y la implementación de programas de salud para usuarios.

Gráfico que muestra la sostenida baja en el consumo de substancias entre la población adulta de Portugal, luego de la despenalización de todas las drogas y la implementación de programas de salud para usuarios.

En los primeros días de pánico en Portugal, cuando el amado pueblo del doctor Pereira comenzó a desmoronarse frente a él, el primer instinto del Estado fue atacar. Las drogas fueron denunciadas como malvadas, los drogadictos fueron demonizados, y la proximidad a ambos fue penal y espiritualmente punible. El gobierno portugués lanzó una serie de campañas nacionales antidrogas que fueron menos parecidas a la campaña “Sólo Di No” y más parecida a campañas tipos “Las Drogas son el Demonio”.

Los enfoques de tratamiento informal y los experimentos se utilizaron rápidamente en todo el país, ya que médicos, psiquiatras y farmacéuticos trabajaban independientemente para enfrentar el flujo de trastornos de dependencia de drogas que llegaban a sus puertas, a veces arriesgándose al ostracismo o arresto para hacer lo que creían que era mejor para la salud de sus pacientes.

En 1977, en el norte del país, el psiquiatra Eduíno Lopes fue pionero en un programa de metadona en el Centro da Boavista en Oporto. Lopes fue el primer médico en Europa continental en experimentar con la terapia de sustitución, importando polvo de metadona desde Boston, bajo los auspicios del Ministerio de Justicia, en lugar del Ministerio de Salud. Sus esfuerzos se encontraron con una violenta reacción pública y la desaprobación de sus colegas, quienes consideraban que la terapia con metadona no era más que una adicción a las drogas patrocinada por el Estado.

En Lisboa, Odette Ferreira, una farmacéutica experimentada y pionera en las investigación del VIH, comenzó un programa no oficial de intercambio de agujas para abordar la creciente crisis del SIDA. Recibió amenazas de muerte de narcotraficantes y amenazas legales de políticos. Ferreira —que ahora tiene más de 90 años y todavía tiene suficiente confianza para llevar largas pestañas postizas y cuero rojo en una reunión del mediodía — comenzó a regalar jeringas limpias en el mercado de drogas al aire libre más grande de Europa, en el barrio Casal Ventoso de Lisboa. Recolectó donaciones de ropa, jabón, navajas de afeitar, condones, frutas y sándwiches, y los distribuyó a los usuarios. Cuando los traficantes de drogas reaccionaron con hostilidad, ella respondió: “No te metas conmigo. Usted hace su trabajo, y yo haré el mío “. Luego presionó a la Asociación Portuguesa de Farmacias para que dirigiera el primer programa nacional —y de hecho del mundo— de intercambio de agujas del país.

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Surgió una ráfaga de costosas clínicas privadas e instalaciones gratuitas basados ​​en la fe, prometiendo desintoxicaciones y curas milagrosas, pero el primer centro público de tratamiento de drogas administrado por el Ministerio de Salud, el Centro das Taipas en Lisboa, no comenzó a funcionar hasta 1987. Falto de recursos en Olhão, Pereira envió a algunos pacientes para recibir tratamiento, aunque no estaba de acuerdo con el enfoque basado en la abstinencia utilizado en Taipas. “Primero los alejas de la droga, y luego, con psicoterapia, tapas la grieta”, dijo Pereira. No había evidencia científica para demostrar que esto funcionaría, y de hecho, no funcionó.

El doctor Pereira también envió pacientes al programa de metadona de Lopes en Oporto, y descubrió que algunos respondieron bien. Pero Porto estaba en el otro extremo del país. Quería probar la metadona para sus pacientes, pero el Ministerio de Salud aún no la había aprobado para su uso. Para evitarlo, Pereira a veces le pedía a una enfermera que de manera furtiva, le pusiera metadona en el maletero de su automóvil.

El trabajo de Pereira tratando pacientes por adicción finalmente llamó la atención del Ministerio de Salud. “Escucharon que había un hombre loco en el Algarve que estaba trabajando solo”, dice, con una sonrisa lenta. Ahora de 68 años, es alegre y encantador, con una complexión atlética, cabello blanco espeso y ondulado que rebota cuando camina, un acento gravísimo y una reserva inagotable de calidez. “Vinieron a buscarme a la clínica y me propusieron que abriera un centro de tratamiento”, dijo. Invitó a un colega de una clínica familiar en la ciudad más próxima, a unirse a él: un joven médico local llamado João Goulão.

Goulão era un estudiante de medicina de 20 años cuando le ofrecieron heroína por primera vez. Se negó porque no sabía qué era. Cuando terminó la escuela, obtuvo su licencia y comenzó a practicar medicina en un centro de salud en la ciudad sureña de Faro, la heroína estaba en todas partes. Al igual que Pereira, terminó especializándose en el tratamiento de la drogadicción de manera accidental.

Los dos jóvenes colegas se unieron para abrir el primer CAT del sur de Portugal en 1988. (Este tipo de centros han utilizado diferentes nombres y siglas a lo largo de los años, pero todavía se los llama comúnmente Centros de Atención a Toxicodependientes o CAT). Los residentes locales se oponían vehementemente, y los doctores estaban improvisando tratamientos a medida que avanzaban. Al mes siguiente, Pereira y Goulão abrieron un segundo CAT en Olhão, y otros médicos de familia abrieron más en las regiones norte y central, formando una red versátil. Se hizo evidente para un número creciente de profesionales que la respuesta más efectiva a la adicción tenía que ser personal y arraigada en las comunidades. El tratamiento era aún de pequeña escala, local y principalmente apropiados.

 

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El juez Rui Pereira, uno de los primeros impulsores del proceso de despenalización de las drogas y la aplicación de políticas de reducción de daños en Portugal.

La primera llamada oficial para cambiar las leyes de drogas de Portugal provino de Rui Pereira, un ex juez de la corte constitucional que llevó a cabo una revisión del código penal en 1996. Consideró que la práctica de encarcelar a personas por tomar drogas era contraproducente y poco ética. “Pensé de inmediato que no era legítimo que el Estado castigara a los usuarios”, me dice en su oficina en la Facultad de Derecho de la Universidad de Lisboa. En aquella época, cerca de la mitad de las personas en prisión estaban allí por motivos relacionados con las drogas, y se pensaba que la epidemia era “un problema irresoluble”. Él ex juez Pereira recomendó que se desaconsejara el consumo de drogas sin imponer sanciones o enajenando aún más a los usuarios. Sus propuestas no fueron adoptadas de inmediato, pero no pasaron desapercibidas.

En 1997, después de 10 años de dirigir el CAT en Faro, Goulão fue invitado a ayudar a diseñar y dirigir una estrategia nacional de drogas. Reunió un equipo de expertos para estudiar posibles soluciones al problema de las drogas en Portugal. Las recomendaciones resultantes, incluida la despenalización total del consumo de drogas, se presentaron en 1999, fueron aprobadas por el consejo de ministros en 2000, y un nuevo plan de acción nacional entró en vigor en 2001.

Hoy, Goulão es el zar antidrogas de Portugal. Ha sido una guía durante ocho administraciones alternadas entre posturas conservadoras y progresistas. Lo logró a través de enfrentamientos acalorados con legisladores y lobbystas; a través de cambios en la comprensión científica de la adicción y en la tolerancia cultural para el consumo de drogas; y a través de un clima de política global que solo recientemente se volvió un poco menos hostil. Goulão también es el embajador global más involucrado en la despenalización. Viaja casi sin parar, invitado una y otra vez a presentar los éxitos del experimento de reducción de daños de Portugal a las autoridades de todo el mundo, de Noruega hasta Brasil, que se enfrentan a situaciones desesperadas en sus propios países.

“Estos movimientos sociales toman tiempo”, me dijo Goulão. “El hecho de que esto ocurriera en una sociedad conservadora como la nuestra tuvo algún impacto”. Si la epidemia de heroína había afectado solo a las clases bajas o minorías raciales de Portugal, y no a las clases medias o altas, duda que la conversación sobre drogas, la adicción y la reducción de daños, se haya producido de la misma manera. “Hubo un momento en que no se pudo encontrar una sola familia portuguesa que no se viera afectada. Cada familia tenía su adicto o adictos. Esto fue universal de una manera que la sociedad sintió: ‘Tenemos que hacer algo'”.

La política de Portugal se basa en tres pilares: uno, que no existe una droga blanda o dura, solo relaciones saludables y no saludables con las drogas. Dos, que la relación insalubre de un individuo con las drogas a menudo oculta relaciones corroídas con sus seres queridos, con el mundo que los rodea y con ellos mismos. Y tres, que la erradicación de todas las drogas es un objetivo imposible.

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Dr. João Goulão, autor de la exitosa estrategia nacional de drogas en Portugal, que a través de la despenalización logró bajar las tasas de consumo problemático.

 

“La política nacional es tratar a cada individuo de manera diferente”, me dijo Goulão. “El secreto es que estemos presentes”.

Un centro de acogida llamado IN-Mouraria se encuentra discretamente en un barrio animado y velozmente aburguesado de Lisboa, que fue un enclave de comunidades marginadas durante mucho tiempo. De 14:00 a 16:00 hrs., el centro ofrece servicios a inmigrantes y refugiados indocumentados; de 17:0o a 20:00 hrs., abren sus puertas a los usuarios de drogas. Un equipo de psicólogos, doctores y trabajadores de apoyo de pares (ex usuarios de drogas) ofrecen agujas limpias, cuadrados pre cortados de papel de aluminio, kits de crack, sándwiches, café, ropa limpia, artículos de tocador, pruebas rápidas de VIH y consultas, todo de manera gratuita y anónima.

El día en que lo visité, los jóvenes esperaban los resultados de la prueba del VIH mientras otros jugaban a las cartas y se quejaban del acoso policial, se probaban ropa, intercambiaban consejos sobre situaciones de vida, miraban películas y hablaban entre ellos. Los usuarios carían en edad, religión, etnia e identidad de género, y provenían de todo el país y de todo el mundo. Cuando un hombre delgado y mayor salió del baño, irreconocible después de haberse afeitado la barba, un enérgico joven que había hojeado revistas levantó los brazos y vitoreó. Luego se volvió hacia un hombre callado que estaba sentado al otro lado, con su barba exuberante y cabello oscuro que se enroscaba debajo de su gorra, y dijo: “¿Y usted? ¿Por qué no te afeitas de esa barba? No puedes rendirte, hombre. Ahí es cuando todo termina.” El hombre barbudo esbozó una sonrisa.

Durante mis visitas en el transcurso de un mes, llegué a conocer a algunos de los trabajadores de apoyo entre pares, incluido João, un hombre compacto con ojos azules que fue riguroso al repasar los detalles y los matices de lo que estaba aprendiendo. João quería asegurarse de que entendía que su función en el centro de acogida no era forzar a nadie a dejar de consumir, sino que ayudar a minimizar los riesgos a los que estaban expuestos los usuarios.

“Nuestro objetivo no es llevar a las personas a un tratamiento, ellos tienen que querer ir”, me dijo. Pero incluso cuando quieren dejar de consumir, continuó, tener trabajadores de apoyo que los acompañen a las citas y a las instalaciones de tratamiento puede parecer una carga para el usuario, y si el tratamiento no funciona bien, existe el riesgo de que esa persona se sienta demasiado avergonzada como para regresar al centro de acogida. “Entonces los perdemos, y eso no es lo que queremos hacer”, dijo João. “Quiero que regresen cuando vuelvan a caer”. El fracaso fue parte del proceso de tratamiento, me dijo.

João es un activista de la legalización de la marihuana, abierto a los pacientes VIH positivo, y después de haber estado ausente durante parte de la juventud de su hijo, se deleita con su nuevo papel como abuelo. Había dejado de hacer speedballs (mezclas de cocaína y opiáceos) después de varios intentos de tratamiento fallidos y dolorosos, cada uno más destructivo que el anterior.

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Durante mucho tiempo usó el cannabis como una forma de terapia: la metadona no le funcionó, ni ninguno de los programas de tratamiento hospitalario que probó, pero la cruel hipocresía de la despenalización significaba que aunque fumar marihuana no era una ofensa criminal, comprarlo sí lo era. Su última y peor recaída se produjo cuando fue a comprar marihuana a su distribuidor habitual y le dijeron: “No tengo eso ahora, pero sí tengo una buena cocaína”. João dijo que no, gracias y se alejó, pero pronto descubrió él mismo dirigiéndose a un cajero automático, y luego de vuelta al distribuidor. Después de esta recaída, se embarcó en una nueva relación y comenzó su propio negocio. En un momento dado, tenía más de 30 empleados. Luego, la crisis financiera golpeó. “Los clientes no estaban pagando, y los acreedores comenzaron a llamar a mi puerta”, me dijo. “En seis meses había quemado todo lo que había acumulado durante cuatro o cinco años”.

Por las mañanas, seguí a los equipos callejeros del centro de tratamiento hasta las afueras de Lisboa. Conocí a Raquel y Sareia —sus formas delgadas nadando en los chalecos de alta visibilidad que usan en sus turnos— quienes trabajaron con Crescer na Maior, una ONG de reducción de daños. Seis veces a la semana, cargaban una gran furgoneta blanca con agua potable, toallitas húmedas, guantes, cajas de papel de estaño y montones de botiquines de medicamentos emitidos por el Estado: bolsas de plástico verdes con porciones de agua filtrada de un solo uso, ácido cítrico, una pequeña bandeja de metal para cocinar, gasa, filtro y una jeringa limpia. Portugal aún no cuenta con sitios de inyección supervisados ​​(aunque hay una legislación que los permite, varios intentos de abrir uno han quedado en nada), así que, Raquel y Sareia me dijeron, salen a los sitios al aire libre donde saben que la gente va a comprar y usar drogas. Ambas son psicólogas entrenadas, pero en las calles se las conoce simplemente como las “chicas de las agujas”.

“¡Buenas tardes!”, dijo alegremente Raquel, mientras caminábamos por un terreno aparentemente abandonado en un área llamada Cruz Vermelha. “¡Equipo de la calle!”, gritó. La gente salía de sus escondites como una versión extraña del juego de “golpear al topo”, sacando la cabeza de los agujeros en la pared donde habían ido a fumar o inyectarse. “Mis chicas de agujas”, les dijo una mujer con dulzura. “¿Cómo están, mis amores?” La mayoría de ellos hizo una conversación educada, actualizando a los trabajadores sobre sus problemas de salud, sus vidas amorosas, problemas migratorios o necesidades de vivienda. Una mujer les dijo que regresaría a Angola para ocuparse de la propiedad de su madre, que estaba esperando el cambio de escenario. Otro hombre les dijo que había logrado que se aprobara la visa de su novia en línea para una visita. “¿Ella sabe que todavía estás usando?” preguntó Sareia. El hombre parecía avergonzado.

“Comienzo con la metadona mañana”, dijo otro hombre con orgullo. Estaba acompañado por su radiante novia, y saludó con la mano a las chicas mientras le entregaban un cuadro de papel de aluminio.

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Grupo de voluntarios de Crescer na Maior, ONG portuguesa de reducción de daños.

En la nebulosa ciudad norteña de Oporto, los trabajadores de apoyo de Caso —una asociación administrada por y para usuarios de drogas y ex usuarios, el único de este tipo en Portugal— se reúnen todas las semanas en un café ruidoso. Viene todos los martes por la mañana a tomar café expreso, bollería recién horneada y sándwiches tostados, para hablar de los desafíos, debatir sobre la política de drogas (la que, una década y media después de que la ley entró en vigencia, todavía es confusa para muchos) y discutir, con el cálido alboroto que es característico de las personas en la región norte de Portugal. Cuando les pregunté qué pensaban de la decisión de su país de tratar a los usuarios de drogas como personas enfermas que necesitaban ayuda, en lugar de tratarlos como criminales, se burlaron. “¿Enfermos? No decimos ‘enfermo’ aquí. No estamos enfermos”.

Me lo dijeron una y otra vez en el norte: pensar en la drogadicción simplemente en términos de salud y enfermedad era demasiado reduccionista. Algunas personas pueden usar drogas durante años sin ninguna interrupción importante en sus relaciones personales o profesionales. Solo se convierte en un problema, me dijeron, cuando se convierte en un problema.

La organización Caso fue apoyada por Apdes, una ONG de desarrollo con un enfoque en la reducción de daños y el empoderamiento, que incluye programas dirigidos a los usuarios recreativos. Su galardonado proyecto Check! se ha instalado durante años en festivales, bares y fiestas para testear el nivel de peligro en las sustancias. Más de una vez me dijeron que si las drogas se legalizaran, no solo se despenalizaran, entonces estas sustancias se mantendrían con los mismos estándares rigurosos de calidad y seguridad que los alimentos, las bebidas y los medicamentos.

A pesar de los resultados tangibles de Portugal, otros países se han mostrado reacios a seguirlo. Los portugueses comenzaron a considerar seriamente la despenalización en 1998, inmediatamente después de la primera Sesión Especial de la Asamblea General de las Naciones Unidas sobre el Problema Mundial de las Drogas (UNgass). Las reuniones de UNgass de alto nivel se convocan cada 10 años para establecer políticas de drogas para todos los estados miembros, abordando las tendencias en adicciones, infecciones, lavado de dinero, tráfico y violencia de los carteles. En la primera sesión —cuyo lema era “Un mundo libre de drogas: podemos hacerlo”— los Estados miembros de América Latina presionaron para que se reconsiderara radicalmente la guerra contra las drogas, pero todos los esfuerzos para examinar modelos alternativos (como la despenalización) fueron bloqueados. Al momento de la siguiente sesión, en 2008, el uso mundial de drogas y la violencia relacionada con el tráfico de drogas habían aumentado enormemente. El año pasado se realizó una sesión extraordinaria, pero fue en gran medida una decepción; una vez más, el documento final no mencionó la “reducción de daños”.

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A pesar de esa decepción, el 2016 produjo una serie de otros desarrollos prometedores: Chile y Australia abrieron sus primeros usos de cannabis medicinal y siguiendo el ejemplo de varios otros estados, cuatro nuevos Estados de EE.UU introdujeron el cannabis medicinal y otros cuatro estados más legalizaron el uso recreativo del cannabis. Dinamarca abrió la instalación de consumo de drogas más grande del mundo, y Francia abrió la primera; Sudáfrica propuso legalizar el cannabis medicinal; Canadá esbozó un plan para legalizar el cannabis recreativo a nivel nacional y para abrir más sitios de inyección supervisados; y Ghana anunció que despenalizaría todo uso personal de drogas.

El mayor cambio en las actitudes y políticas mundiales ha sido el impulso detrás de la legalización del cannabis. Los activistas locales presionaron a Goulão para que tome una postura sobre la regulación del cannabis y legalice su venta en Portugal; durante años, él respondió que no era el momento adecuado. La legalización de una sola sustancia pondría en entredicho la base de la filosofía de drogas y reducción de daños de Portugal. Si las drogas no son el problema, si el problema es la relación con las drogas, si no existe una droga dura o blanda, y si todas las sustancias ilícitas deben ser tratadas por igual, argumentó, entonces ¿no deberían ser legalizadas y reguladas todas las drogas?

Se necesitan masivos cambios culturales a nivel internacional en cómo se piensan las drogas y la adicción, para dar paso a la despenalización y la legalización a nivel mundial. En los Estados Unidos, la Casa Blanca se ha mostrado reacia a abordar lo que los defensores de la reforma de las políticas de drogas han denominado una “adicción al castigo”. Pero si el conservador, aislacionista y católico Portugal pudo transformarse en un país donde el matrimonio entre personas del mismo sexo y el aborto son legales, y donde el uso de drogas es despenalizado, un cambio de actitud más amplio parece posible en otros lugares. Pero, como dice el refrán de reducción de daños: uno tiene que querer el cambio para poder hacerlo.

Cuando Pereira abrió por primera vez el CAT en Olhão, se enfrentó a la oposición vociferante de los residentes; les preocupaba que con más drogadictos aumentaría el crimen. Pero sucedió lo contrario. Meses después, un vecino vino a pedirle perdón a Pereira. Ella no se había dado cuenta en ese momento, pero había tres traficantes de drogas en su calle; cuando su clientela local dejó de comprar, empacaron y se fueron.

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El edificio de CAT en sí, es un bloque monótono y marrón de dos pisos, con oficinas en el piso de arriba y una sala de espera abierta, baños, almacenes y clínicas en el primer piso. Las puertas se abren a las 8:30 AM, los siete días de la semana, los 365 días del año. Los pacientes deambulan durante todo el día esperando por sus citas, charlando, matar el tiempo, lavándose o recogiendo su suministro semanal de dosis de metadona. Un año intentaron cerrar el CAT el día de Navidad, pero los pacientes pidieron que permaneciera abierto. Para algunos, alejados de sus seres queridos y a la deriva de cualquier versión del hogar, esto es lo más cercano que tienen a la comunidad y la normalidad.

“No se trata solo de administrar metadona”, me dijo Pereira. “Tienes que mantener una relación”.

En una habitación trasera, filas de pequeños recipientes con dosis de metadona con sabor a plátano se encuentran alineadas, cada uno de ellos etiquetado con el nombre y la información del paciente. El CAT Olhão atiende regularmente a unas 400 personas, pero ese número puede duplicarse durante los meses de verano, cuando los trabajadores de temporada y los turistas llegan a la ciudad. Cualquier persona que reciba tratamiento en otro lugar del país, o incluso fuera de Portugal, puede enviar su receta al CAT, lo que convierte al Algarve en un destino vacacional ideal para la reducción de daños.

Después del almuerzo, en un restaurante propiedad de un ex empleado de CAT, el médico me llevó a visitar otro de sus proyectos, uno de sus favoritos. Sus décadas de trabajo con trastornos de la adicción le habían enseñado algunas lecciones, y él vertió su conocimiento acumulado en el diseño de una instalación de tratamiento especial en las afueras de Olhão: la Unidade de Desabituação, o Centro de Deshabituación. Varios de estos UD, como se los conoce, se han abierto en otras regiones del país, pero este centro se desarrolló para atender las circunstancias y necesidades particulares del sur.

Pereira dejó el cargo de director hace algunos años, pero su reemplazante le pidió que se quedara para ayudar con las operaciones del día a día. Actualmente Pereira jubilarse, de hecho, lo intentó, pero Portugal está sufriendo una escasez general de profesionales de la salud en el sistema público y no hay suficientes médicos jóvenes ingresando en esta especialización. A medida que sus colegas en otras partes del país se acercan más a sus propias jubilaciones, hay una creciente sensación de temor de que no haya nadie que los reemplace.

“Los que vivimos en el Algarve siempre tuvimos una actitud diferente a la de nuestros colegas del norte”, me dijo Pereira. “No trato a los pacientes. Ellos se tratan a sí mismos. Mi función es ayudarlos a hacer los cambios que necesitan hacer “.

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Unidade de Desabituação, o Centro de Deshabituación para el traatmiento de adicciones en Portugal.

Y gracias a Dios que sólo hay un cambio para hacer, él me dijo con cara seria cuando nos detuvimos en el estacionamiento del centro: “Es necesario cambiar casi todo”. Él se rió de su propia broma y salió del auto.

Las puertas de cristal de la entrada se abrieron, dejando ver una instalación brillante y limpia, que no se sentía abrumadoramente institucional. Las oficinas de los médicos y administradores están subiendo por una amplia escalera. Las mujeres de la recepción saludaron con la cabeza y Pereira les respondió calurosamente: “Buenas tardes, mis queridas”.

El centro de Olhão fue construido por poco menos de tres millones de euros, financiado con fondos públicos, y fue abierto a sus primeros pacientes hace nueve años. Esta instalación, como las demás, está conectada a una red de servicios de salud y rehabilitación social. Puede albergar hasta 14 personas a la vez: los tratamientos son gratuitos, están disponibles por recomendación de un médico o terapeuta y normalmente duran entre ocho y 14 días. Cuando las personas llegan por primera vez, guardan todas sus pertenencias personales (fotos, teléfonos móviles, todo) en el sector de almacenamiento, sólo pudiendo recuperarlos al salir.

“Creemos en la vieja máxima: ‘Las noticias no son buenas noticias'”, explicó Pereira. “No hacemos esto para castigarlos, sino para protegerlos”. Los recuerdos pueden estar desencadenando, y algunas veces las familias, los amigos y las relaciones tóxicas pueden ser activadores.

A la izquierda había salas de entrada y una sala de aislamiento acolchada, con torpes cámaras de seguridad apuntaladas en cada esquina. Los pacientes tenían sus propias habitaciones, simples, cómodas y privadas. A la derecha había una sala de “color”, con una rueda de alfarería, botellas de plástico reciclado, pinturas, cartones de huevos, purpurina y otros materiales para realizar manualidades. En otra habitación, lápices de colores y caballetes para dibujar. Un horno, y junto a él una colección de excelentes ceniceros hechos a mano. Muchos pacientes seguían siendo fumadores empedernidos.

Captura de pantalla 2017-12-18 a la(s) 19.24.54 Los pacientes siempre estaban ocupados, siempre usando sus   manos o sus cuerpos o sus sentidos, haciendo ejercicio o   haciendo arte, siempre llenando su tiempo con algo. “A   menudo escuchamos a nuestros pacientes usar la expresión   ‘yo y mi cuerpo'”, dijo Pereira. “Como si hubiera una   disociación entre el ‘yo’ y ‘mi carne'”.

Para ayudar a recuperar el cuerpo, había un pequeño  gimnasio, clases de ejercicios, fisioterapia y un jacuzzi. Y después de tanto comportamiento destructivo – desordenar sus cuerpos, sus relaciones, sus vidas y comunidades – aprender que podían crear cosas buenas y bellas a veces era transformador.

“¿Conoces esas líneas de las pistas de atletismo?”, Me preguntó Pereira. Él creía que todos, por imperfectos que fueran, podían encontrar su propio camino con el apoyo adecuado. “Nuestro amor es como esas líneas”.

Él era firme, me dijo, pero nunca castigó ni juzgó a sus pacientes por sus recaídas o fracasos. Los pacientes podían irse en cualquier momento, y podían regresar si lo necesitaban, incluso si lo hacían más de una docena de veces.

No ofreció una varita mágica o una solución única para todos, solo esta búsqueda diaria de equilibrio: levantarse, desayunar, hacer arte, tomar medicamentos, hacer ejercicio, ir al trabajo, ir a la escuela, ir al mundo, seguir avanzando. Estar vivo, me dijo más de una vez, puede ser muy complicado.

“Querida”, me dijo, “es como siempre digo: puedo ser médico, pero nadie es perfecto”.

Reportaje publicado originalmente por el diario británico The Guardian.